sábado

Riesgos que se corren

2004 fue el comienzo de la aventura, por mi parte, blogueril. De esas cosas que ves y te apetece hacer. Desde entonces, tres blogs han surgido. Uno desaparecido del todo (error mío), otro guardado en el recuerdo, y el que todavía perdura. Me he planteado a veces dejarlo, pero la realidad es que sea como sea, soy una chica blogger. No hay más explicación. 

Me permite además expresarme, dejar plasmadas partes de mi vida, pensamientos muchas veces íntimos y que no me apetece hablar en vivo y en directo, pero aquí surgen, sin más. Hablo de aquello que quiero o me apetece o necesito expresar. A veces con un tono muy íntimo, otras en tono rabioso e impotente, otras con dolor y otras con cariño, nostalgia, amor.

Cuando decidí comenzar en este mundillo, fui consciente que haciéndolo personal corría el riesgo de mostrar una Jelly que no es exactamente real, ni tampoco deja de serlo. Sabía que corría el riesgo de mostrar a una persona caótica, con altibajos, doñaproblemaspersonales, infeliz, o incluso enferma, porque cuando he escrito siempre ha sido provocado por un arrebato de hablar de cualquier cosa, muchas veces temas que me cuestan hablar cara a cara por ese sentido de intimidad extrema que Blogger me quita, no sé cómo lo consigue pero lo cierto es que consigue que me desnude verbalmente y hable con una sinceridad extrema (porque yo me siento a gusto aquí para decir lo que normalmente me callaría).

Mi último post, uno que tuvo una duración de existencia en el mundo Blogueril de 3 minutos, en realidad no era para publicar. Justamente para evitar seguir marcando mi existencia en este mundo virtual como la infeliz que puedo llegar a mostrar si sólo te quedas con eso. No es que me importe mucho, si me importase realmente hubiese dejado de escribir hace tiempo. Ese último post era un autorecordatorio de algo que no es la primera vez que alguien hace conmigo, siempre la misma persona.

Cada vez me importa menos lo que la gente piense de mí. En cuanto alguien se atreve a acusarme de cosas falsas basadas en impresiones falsas o hechos falsos personalmente me resbala, me jode en el segundo, en el minuto, pero luego ya me doy cuenta que realmente me importa tres pepinos lo que la gente piense de mí. Soy alguien mucho más autocrítica de lo que la gente se pueda imaginar, y de ahí que tampoco suelo hablar mucho juzgando a los demás, excepto cuando me tocan las narices que entonces saco lo que realmente pienso. Sino, suelo callarme.

Ni soy una chica caos, ni doñaproblemas, ni mucho menos infeliz, ni soy bipolar ni estoy enferma. Pero sí es cierto que meto la pata escogiendo en mi vida caminos que sólo me harán daño, meto la pata dando valor a personas erróneas, o introduciéndolas en mi vida de una forma activa cuando debería dejarlas de lado y que sólo fuesen una anécdota, meto la pata decidiendo cosas que luego sólo me traen quebraderos de cabeza, meto la pata hablando con intimidad con personas que no saben valorar que si estoy hablando de esa forma es porque les estoy contando algo que poca gente oirá, meto la pata desnudando mis sentimientos ante personas que no se merecen ni saben valorar ni mucho menos saben hablar lo que realmente sienten ellos. Cansada estoy de las personas eunucas emocionales: aquellas parásitas que sólo quieren oírte hablar maravillas de ellas pero a ti sólo te dirán algo para juzgarte, herirte, y aunque estén equivocadas ellas proyectarán sobre ti todo aquello que realmente son ellas, o piensan que son porque alguna vez alguien las atacó así y de alguna forma se lo creyeron. Atacan porque fueron atacadas. De todos modos, eso es vivir también, los errores están presentes y no se acaba el mundo por ello. Si algo puedo decir que he sabido vivir, y muy bien por cierto, incluso en medio de los quebraderos de cabeza. Y que así siga siendo, porque en medio de tanta metedura de pata también tengo maravillosos aciertos: decisiones, personas, caminos... y de eso jamás me arrepentiré, al contrario, estoy agradecida. Son muchos más esos aciertos que las meteduras de patas.